LA EMOCIÓN DE IRA: DEFINICIÓN Y FUNCIÓN

La ira es la emoción que emerge cuando una persona se ve sometida a situaciones que le producen frustración o que le resultan aversivas. Aunque tiene mala prensa y acostumbramos a creer que lo que correcto es modular la emergencia de esta emoción o incluso anularla, la ira es una de las pocas emociones que permiten a la persona emprender y mantener planes de acción o de defensa con gran rapidez, intensidad y determinación. Su mala fama se debe a que usa como sinónimo de hostilidad o agresión, cuando estos tres conceptos son diferentes.

 La ira es emoción primaria que dota de energía a la persona y facilita las relaciones del individuo con su medio, y que no necesariamente la lleva hacia el resentimiento o la agresividad. 

La hostilidad, en cambio, si conlleva animadversión hacia la persona provocadora, pero no siempre se acompaña de ira, ni desemboca tampoco siempre en conductas agresivas. 

La agresividad sí hace referencia a la propensión a desplegar un tipo de conducta que supone confrontación y ánimo de causar un daño a la persona provocadora. 

Aunque ira, hostilidad y agresividad pueden darse de forma simultánea, ninguno de ellos es necesario y suficiente para que ocurran los otros.

¿Cuándo se desencadena la Ira?

La ira se desencadena antes situaciones frustrantes o aversivas.

Situaciones frustrantes. Antes situaciones frustrantes parece que la ira se dispara tras un proceso de valoración cognitiva. Son situaciones frustrantes:

1. La obstrucción del acceso a una meta: Cuando el proceso hacia un objetivo deseado se ve interrumpido, la emoción emergente dependerá de la valoración cognitiva que la persona lleve a cabo en relación a la contingencia. Si se considera que no existe posibilidad de reestablecer el acceso a la meta, entonces aparecerá tristeza. Si en cambio, se estima que es posible actuar sobre los factores que bloquean la vía hacia la meta, restablecer así las condiciones previas, entonces la emoción asociada será la ira.

2. Transgresión de normas y derechos: Cuando consideramos que la actuación de alguien es injusta, vulnera las normas sociales o quebranta nuestros derechos y libertades, con frecuencia sentimos ira si valoramos que el comportamiento del otro ha sido intencionado y que es merecedor de reprobación.

3. Extinción de contingencias aprendidas: Muchas conductas aprendidas mediante refuerzo dan lugar a conductas agresivas cuando son sometidas a extinción. Todos sabemos y habremos observado que si echamos una moneda a una máquina expendedora de bebidas, y esta no nos devuelve ningún producto, el sentimiento de ira va creciendo pasando de dedicarle algunas “lindas palabras” a zarandearla para que nos de aquello a lo que nos tiene acostumbrado.

Situaciones aversivas. Ante situaciones aversivas, parece que la ira se desencadena, aparentemente, de forma más directa, sin que intervengan procesos cognitivos. Además, con frecuencia, ante situaciones desagradables, se hace más probable la aparición de conductas agresivas. Algunos ejemplos de estas situaciones son: el “mal carácter” de enfermos que sufren dolores, situaciones de ruido, mal olor, frío o calor excesivos… Incluso se han podido observar expresiones de ira en bebés sometidos, a algún tipo de restricción física como contención de las extremidades, que les impida moverse con libertad.

Funciones de la ira.

Como el resto de las emociones, la ira contribuye positivamente a la adaptación del individuo a su entorno. Permite desarrollar de forma rápida conductas de defensa o ataque ante situaciones desagradables o generadoras de frustración. Ninguna otra emoción consigue vigorizar una conducta con tanta intensidad ni mantener el estado de activación durante intervalos de tiempo tan prolongados.
Es una emoción clave en la restauración del acceso a objetivos o metas relevantes para la persona. Se halla presente, en mayor o menor grado, en cualquier situación de pérdida, daño o limitación de intereses y derechos que se plantee de forma inesperada, en la que su función consiste en dotar a la persona de los recursos que la permitan reestablecer la posibilidad de conseguir los fines deseados.
Por otra parte, la emoción de ira desempeña un papel importante en la regulación de nuestras interacciones sociales. Se comienza a desarrollar esta función en edades muy tempranas, entre los 4 y 6 meses de edad. Aparece en el curso de los intentos del bebé por dominar su entorno, favoreciendo la aparición de planes de conducta adecuados para resolver problemas específicos. También está cólera infantil funciona como señal social que indica a los cuidadores que es la hora de comer, o de cambiar un pañal. Durante la niñez y adolescencia, las expresiones de ira se rigen y regulan no sólo por la normativa familiar, sino también por las normas del grupo de iguales. En la edad adulta, las manifestaciones de ira indican a nuestro interlocutor que su conducta nos perjudica o daña, y en la medida en que la corrigen evitan la confrontación violenta.

 

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